jueves, 18 de julio de 2019

Situación de la Educación Durante el Departamento del Istmo



Al unirnos a Colombia nos constituimos en un Departamento el cual fue creado el 9 de febrero de 1822 hasta el año de 1855 cuando se crea el Estado Federal de Panamá.  La situación educativa durante todo este periodo fue difícil, pero pese a eso, el seminario y las escasísimas escuelas particulares, conventuales o parroquiales de primeras letras que lograron seguir su marcha, no recibieron auxilio alguno importante de los primeros gobiernos. La cosa pública absorbía sin duda la atención de nuestros prohombres, que descuidaron casi por completo la educación del pueblo, a pesar de haberse gozado en Panamá de una paz que no tuvo entonces ningún otro estado de la Gran Colombia.

 Los sucesos que las intentonas de independencia de 1830 y 1840 y la insubordinación y tiranía de Alzuru en 1831, no pudieron influir en el progreso intelectual el ejemplo de la madre patria adoptada, pues, aunque ya, el 18 de Marzo de 1826 se había dictado allá una ley “sobre organización y arreglo de la instrucción pública” y más tarde, el 3 de Octubre del mismo año, con la firma del Vicepresidente General Santander, del Decreto sobre plan de estudios, todo esto no fueron sino manifestaciones de los anhelos largo tiempo sentidos por todos los criollos ilustrados. Así lo reconoció la Memoria de 1843, cuando al referirse a ese decreto de Santander, lo calificó de “cuadro hermoso de lo que convendría hacer, en que están doctamente detalladas las materias de enseñanza y hasta los libros que debieran servir para darla (algunos de ellos peligrosos) pero en el cual falta, o es notoriamente deficiente, la parte que debía comprender los medios de ejecución, el modo de hacer que los que debían enseñar enseñasen y los que debían aprender aprendiesen.”

En la capital neogranadina como en Panamá conocían demasiado, es claro, el atraso en que se vivía y, debido a esto, se fue formando y encaminando una opinión seria en pro de la difusión de la enseñanza.


Contribuyó sin duda a formar esta opinión y a extender los beneficios de las primeras iniciativas educadoras entre nosotros, la primera hoja de papel impreso, el primer periódico del país, que en 1820 estremeció con su nombre, “LA MISCELÁNEA”, las polvorosas calles coloniales de Panamá y anunció por sus ámbitos el advenimiento de la libertad espiritual en alas de la imprenta.

El 1 de enero de 1824 se había instalado en el Seminario el Colegio del Istmo o de Panamá, cuyo primer rector fue el Padre Juan José Cabarcas, cartagenero. Este mismo Colegio provincial se erige en Universidad en 1841, tal vez porque la Ley 5 de 15 de Mayo de ese año dispuso en su artículo 39 “que los cursos de Jurisprudencia y Medicina que habilitan para recibir grados en estas facultades (los colegios provinciales) debían ganarse en las universidades, sin que por esto se entienda prohibida su enseñanza en los seminarios, colegios provinciales y casas de educación, después de la enseñanza de las materias preferentes, según la Ley, en los respectivos establecimientos.”

El Colegio del Istmo, ya erigido en universidad, se separa del Seminario en 1846, con 78 alumnos, para tomar así un giro más libre y menos ajustado al molde religioso de la época. Entonces se hace en él una reforma y se enseña Organización Política de la República, castellano, inglés, francés, aritmética, diseño, teneduría de libros, geografía, ambas geometrías, agricultura, arquitectura práctica, mecánica, agricultura tropical, minería, ganadería, farmacia y rudimentos de cirugía práctica. Está a su vez abogó sabiamente por esta orientación (1842) el ilustre Gobernador don Miguel Chiari, en estas palabras, que merecerían grabarse con letras de oro: “Debiera ser obligatorio para el catedrático de la asignatura de filosofía dar lecciones especiales de aritmética comercial y teneduría de Libros. 

En lugar de la enseñanza de Jurisprudencia y con los demás fondos aplicables del establecimiento sería conveniente introducir las de minería, química, botánica y otras que exigen las verdaderas necesidades del país; y con cuyo auxilio pudieran reconocerse y explotarse útilmente nuestras ricas y abundantes minas; penetrar con provecho en las magníficas selvas que tiene el Istmo; examinar y analizar los productos de su suelo y abrir una nueva fuente de prosperidad poniendo en circulación tantas riquezas como nos ha prodigado la naturaleza y que para merecer el nombre de tales sólo necesitan del trabajo y de la industria del hombre. Así tendrían cultivo y aplicación, tantos talentos que entre nosotros son perdidos; se abriría para los jóvenes una nueva carrera; el país ganaría en riquezas y tal vez se pondría un término a esa funesta empleomanía que es una verdadera enfermedad social. Es necesario, es urgente, extender ya el eterno círculo de teólogos, médicos y abogados en que hasta aquí hemos girado en materia de enseñanzas clásicas o profesionales.

El colegio cuenta con fincas y bienes de mucha consideración que darían, bien administrados, una renta más que suficiente para dotar buenos preceptores que pudieran traerse de fuera del país para encargarlos de las nuevas enseñanzas. Es preciso pagar bien las cátedras para tener buenos catedráticos.” El año en que esto se escribía contaba dicho Colegio del Istmo con las siguientes cátedras de:

  •   Teología (con tres alumnos);
  •     Jurisprudencia (con 22);
  •     Filosofía (con 47);       
  •  Latinidad y Gramática Castellana (con 78);
  •   Francés e inglés (con 2). 
En 1843 eran cinco los catedráticos, cuatro cátedras de Literatura y Filosofía con 103 alumnos y una cátedra especial de Ciencias Eclesiásticas con 8 alumnos. El presupuesto del establecimiento, en el período de (1846-1847), era el siguiente: ingresos, 31.164,25 reales; por cobrar, 32.846,75; egreso, 31.157,25. En el mensaje del presidente Mosquera (1845 a 1846) se encuentra este otro curioso dato: “En el Istmo de Panamá Manuel José Hurtado ha abierto una Escuela de Matemáticas.”

En 1832 el Gobernador de la Provincia de Panamá, Juan José Argote, hombre de ideas avanzadísimas,  y uno de los primeros adalides de la educación popular en el Istmo, lanzaba a los cuatro vientos del país estas palabras de oro, tal vez la más bella defensa hecha entonces a la mujer en Sur América: “No debo terminar mi exposición a este respecto —se refiere a las fundaciones de escuelas de varones— si recomendáramos muy especial y encarecidamente la erección de escuelas de niñas, de las cuales se carece aquí absolutamente, debiendo ser uno de los primeros planteles de enseñanza pública, pues es muy interesante a la sociedad que haya mujeres instruidas, buenas hijas y esposas, que unan al noble valor de la virtud, la ilustración del entendimiento, poniéndose siempre en armonía lo útil con lo bello. No tienen los niños más derechos que las niñas a los fondos del Concejo y del Colegio ni es de más importancia la educación de un sexo que la del otro. No es un principio teórico el que nos enseña que la ilustración de las mujeres influye decisivamente en la vida privada y en el orden público, sino una lección bien clara de la experiencia.”

 En el mismo año en que escribía esto el gobernante que tanto se preocupó de la reforma de las cárceles, hospitales, de la agricultura, el comercio, la industria, como de la educación, que él consideraba lo único “que hace que no sea todo maleza y barbarie en la sociedad”, en ese mismo año de 1832, existían dos escuelas en la capital y una en cada cabecera de los cantones de la Chorrera, Natá, Los Santos y Portobelo; además una Escuela de Sombrería, la primera en el orden del tiempo, establecida en Panamá por el Concejo y pagada de sus rentas.
Pero los pasos iniciales de la verdadera educación popular no comenzaron a darse prácticamente sino desde 1886. El año anterior, el 3 de octubre, la Cámara Provincial de Panamá dicta una resolución por la cual se solicita del Congreso que los fondos de las alcabalas correspondan a las rentas provinciales para construir el edificio del Colegio del Istmo y sostener las escuelas primarias de los distritos parroquiales de los cantones de la Provincia. Dos años después la misma Cámara da un decreto por el cual se establece una escuela primaria de niñas de seis a doce años de edad, con el siguiente pénsum: doctrina cristiana, costura, bordados, ortografía, ortología, caligrafía, aritmética, gramática castellana, historia y geografía. Se señalan “$200.00 por una vez para bancas, pizarras, etc.” y se fijan estos sueldos para: 
  •      El Director, $300.00 anuales;
  •      el Auxiliar 80;
  •    la Celadora, 18
  •   y para la sirvienta 86.
 (Era Presidente de la Cámara Provincial José María Goytía y Gobernador Manuel José Hurtado). El 13 de junio de 1836 el Consejo Municipal da un decreto por el cual se crea en Santa Ana una escuela de niñas con el nombre de Nuestra Señora del Carmen. Por fin, en Julio 16 se abre, con 36 alumnas, el primer plantel de su género en el país con un pénsum que comprende escritura, las cuatro reglas, lectura, dibujo, gramática, ortografía, moral, religión, costura y bordado. 
La maestra gana $ 12.00 mensuales. Créanse también en este año las escuelas alternadas de Chepo y San Miguel y se les destina la quinta parte de la renta de aguardientes. Al mismo tiempo se abre la escuela de niñas denominada Instituto de las Mercedes en la Parroquia de San Felipe, con doña Bartola Barrera por Directora y don Luis Jiménez por Director.
Son los primeros rayos de la misericordia oficial en favor de la bella compañera del hombre. Desde entonces comienza a desterrarse la absurda preocupación de que los conocimientos podían ser perjudiciales a la mujer, y las escuelas privadas de niñas aumentan paulatinamente. Una distinguida dama francesa, la señora Riby, abre el 1° de julio de 1837 una escuela particular de niñas en que enseña geografía, lectura, escritura y aritmética, por la módica suma de $6.00 sencillos mensuales.
En el año 1844 a veintidós años desde que nos iniciamos como Departamento del Istmo de Colombia, había 131 escuelas con una matrícula de 2069 alumnos, concentrándose la mayor cantidad en la provincia de Panamá con una representación del 74 % (97) de las escuelas y el 75.2 % (1558) de los estudiantes matriculados que  existían en la Provincia de Panamá 25 escuelas públicas de varones con 1073 niños, ninguna escuela pública de niñas, 27 escuelas privadas de varones con 172 alumnos y 45 privadas de niñas con 314 alumnas.

 La Provincia de Veraguas tenía en ese mismo año 14 escuelas públicas de varones con 381 alumnos y una de niñas con 11 alumnas; 8 privadas de varones con 139 matriculados y 11 de niñas con una asistencia de 80. Los ingresos para sostener todas estas escuelas sólo ascendieron el año citado a la suma de $3328.00 en Panamá y $3363 en Veraguas. (Conviene tener presente que el Istmo estaba por esta época dividido sólo en las dos provincias de Panamá y Veraguas; más tarde, en 1849, se formó la Provincia de Chiriquí y en 1850 la de Azuero).

La situación económica y la anarquía que reinaban en Colombia, apenas si permitían mantener las pocas escuelas que existían, lo que indicaba que era imposible crear nuevos centros escolares y los pocos que se pudieron crear, como fue el caso de las escuelas públicas para niñas, desaparecían al poco tiempo de ser abiertos. (webscolar, 2010)

Uno de los gobernantes que se preocuparon más de nuestra educación y de nuestra cultura fue el Coronel Anselmo Pineda. Tenía ideas muy acentuadas a este respecto y no desatendió el impulso de la enseñanza durante un solo momento de su administración (1843-1845). Como los recursos del Erario no permitían crecidos desembolsos, no podía extenderse la instrucción primaria cuanto se habría deseado. Por eso su gobierno, ya que no era posible llevar hasta las más apartadas capas sociales los beneficios del alfabeto, atendió de preferencia la enseñanza que más podía aprovechar, en algunos lugares, la clase de los obreros. Con este objeto fundó Escuelas Dominicales para Obreros, Escuelas de Zapatería en Panamá y Parita y Escuelas de Sombrerería en las poblaciones de Penonomé, Los Santos y Panamá. 

Instituyó Pineda también “una Sociedad Filantrópica, cuyo objeto era promover el mejoramiento de las clases populares, su educación intelectual, moral y religiosa, extirpar los vicios, hacer mejorar la condición económica de la provincia, propagar el hábito del ahorro y el amor al trabajo.” Además, aumentó en cuanto pudo el número de escuelas públicas primarias y, como si todo esto no fuera suficiente, regaló al Gobierno de Santafé su biblioteca particular, que constituye hoy la sección más rica en asuntos históricos de la Biblioteca Nacional de Bogotá.
El Congreso de la Nueva Granada había dictado en junio de 1842 una Ley “sobre establecimiento de escuelas normales de instrucción primaria en cada capital de provincia”, pues el Mensaje de la época había declarado estas amargas verdades: “La educación primaria se halla en la República en mal estado y no satisface plenamente a su objeto; dos son las causas de este mal, la escasez de fondos para dotar bien las escuelas que se necesitan y la escasez de maestros aptos que las sirvan.”

En febrero de 1846, siendo Gobernador Tomás Herrera, se establece en Panamá la primera Escuela Normal, que no sabemos cuánto tiempo duró, pero que tuvo, sin duda, una existencia efímera. Todavía existía, sin embargo, en 1848, cuando el Congreso Granadino dictó la Ley 8 del 5 de abril “por la cual se aplican a favor de la Escuela Normal de Panamá los restos del edificio llamado Puerta de Tierra.” A esta fecha había graduado ya tres maestros, uno de los cuales fue nombrado para la escuela de Antón, que se hallaba dirigida por las señoras Urrunagas”; coincidió esto con el nombramiento de nuevo director, recaído en el ilustrado Presbítero José Rey, quien había regentado por varios años la escuela parroquial de Santa Ana. Por el mismo tiempo (junio de 1847) se abría la Escuela Normal de Veraguas y se enviaban circulares a los padres de familia, excitándolos a que enviaran a ella sus hijos; a los maestros interinos de las escuelas primarias de las parroquias se les invitaba “a recibir en la Normal los conocimientos necesarios, acordándoles el goce de tres meses de sueldo”.

En el Mensaje de 1849, que el Presidente de la Nueva Granada presentó al Congreso Nacional, se habla de un Colegio de Niñas en Panamá. Tal vez a éste se refería la Ley 14 de junio de 1844, expedida por el Congreso granadino en los siguientes términos: “Art. 1°. Se aplican al plantel y conservación de un colegio o casa de educación de Niñas en la ciudad de Panamá los fondos que, con el nombre de Alcabalas de reedificación de casas incendiadas, existen en aquella ciudad. Art. 39. 

El Poder Ejecutivo, oyendo los informes de la Gobernación de Panamá y del Consejo Municipal de aquella Capital destinará para el colegio o casa de educación de niñas uno de los edificios de conventos suprimidos que
Por este tiempo se fundó en Santiago de Veraguas una Escuela Superior Lancasteriana, llamada así por el sistema que en ella se seguía, preconizado por el inglés José Lancaster y acogido con entusiasmo por los pedagogos de toda la América de entonces. Era el sistema económico, no pedagógico de los monitores o alumnos adelantados, que enseñaban a sus condiscípulos bajo la dirección del maestro común. Refiérase don Nicolás Victoria a tal escuela de este modo: “En Santiago de Veraguas fue Director de la Escuela Lancasteriana el Dr. Miguel Echeverría, samario, hombre de alguna ilustración para aquel tiempo y de carácter adecuado más para hacerse temer que para hacerse respetar. Conocimos personalmente en Santiago individuos que se habían sentado en las bancas de la Escuela Lancasteriana, los cuales hablaban del plantel con cierto respeto y complacencia. A él concurrieron, y en él estudiaron algo, varios de los sujetos que después figuraron en los distritos de la Provincia de Veraguas como personas de alguna instrucción. Esa escuela tenemos entendido que no duró mucho tiempo, pero no nos atrevemos fijar la fecha de su clausura.”

Tampoco nos atrevemos nosotros a decir cuándo se cerró el Plantel de enseñanza oral para varones, que en 1863 abrió en Panamá el Padre Rafael Celedón (más tarde Obispo de Santa Marta), pero es seguro que también tuvo una vida efímera. En efecto, estos establecimientos, como casi todos los que hemos señalado hasta aquí, duraron muy poco: lo que duran las rosas; y aunque los esfuerzos no fueron del todo perdidos, ninguno dio los resultados que de ellos se esperaba obtener.
Las penurias del Erario por una parte y los sucesos políticos que siguieron a la institución del Estado Federal y que mantuvieron al país en medio de una prolongada y vergonzosa anarquía, fruto quizá de la educación de la época, no permitieron ni desarrollar los planteles de enseñanza existentes, ni crear otros nuevos. Las iniciativas más generosas fracasaban.
Fue esto lo que permitió decir al doctor Gil Colunje, dirigiéndose a la Asamblea de 1866, que “1a instrucción pública se encuentra en el último grado de postración.” Más tarde el mismo gobernante que tan amarga- mente se expresaba tuvo que cerrar las escuelas primarias del Estado y hasta se atrevió a vender algunos bienes de la instrucción. Entonces fue cuando informó el Secretario de Gobierno del Estado, don Francisco Ardila, “que la instrucción pública no pudo ser atendida por el Gobierno, tanto por las circunstancias extraordinarias del país, cuanto porque el Presupuesto no votó cantidad alguna para tan importante asunto.”

Inútilmente brillaron aquí y allá algunas luciérnagas como el Colegio de la Unión, dirigido por Francisco L. Carranza; inútilmente el sucesor de Colunje, don Vicente de Olarte, trató de reparar el desastre anterior inspirando la Ley por la cual se mandaba establecer una escuela de varones en las cabeceras de departamento; nada fue posible realizar y la instrucción pública quedó abandonada en tan lastimosa situación hasta el año de 1871.
No era mejor lo que por este mismo tiempo pasaba en la segunda madre patria, cuyo ejemplo siempre fue para los istmeños pernicioso: “El espíritu revolucionario —según refiere Antonio José Uribe— todo lo minaba ya. La administración inaugurada después del 7 de marzo de 1849 logró en seguida que se expidiera la Ley de 15 de mayo de 1850, que estableció la libertad absoluta de la enseñanza.
 Todo el país sabe lo que de allí se siguió: cundieron los golpes de cuartel y las revoluciones, hasta destruirlo todo. En materia de instrucción pública las cosas duraron así hasta 1868. En la Memoria de este año decía el Secretario del Interior al Congreso: “Años hacía que se había perdido hasta la tradición de hacer formalmente estudios profesionales en el país.” Para poner fin al caos se expidió la Ley de 16 de septiembre de 1867, que creó la Universidad Nacional. Aquí comienza un nuevo período en el cual florece de nuevo la instrucción popular.


                           
   En 1846 establece en Panamá la primera Escuela Normal en Veraguas


En Santiago de Veraguas fue Director de la Escuela Lancasteriana el Dr. Miguel Echeverría


Video:







Citas 1:

“En 1837 la Cámara Provincial de Panamá crea una escuela primaria para niñas de 6 a 12 años de edad, En el plan de estudio se establecían las siguientes materias; doctrina cristiana, costura, bordados, ortografía, ortología, caligrafía aritmética, gramática castellana, historia y geografía.”

Comentario:
Durante la época departamental del istmo de Panamá, toda la situación educativa era caóticas pues la mayoría de las escuelas que existían eran para varones, por lo que la Cámara Provincial de Panamá decide crear una para niñas las cuales le enseñaban oficios de casa entre otras que incluían ortografía e historia. Existía una mala situación económica la que apenas permitían mantener las pocas escuelas que había, durante este periodo fueron muchos centros escolares los que desaparecían al poco tiempo de ser abiertos.



Cita 2:

¨El seminario y las escasísimas escuelas particulares, conventuales o parroquiales de primeras letras que lograron seguir su marcha, no recibieron auxilio alguno importante de los primeros gobiernos. La cosa pública absorbía sin duda la atención de nuestros prohombres, que descuidaron casi por completo la educación del pueblo, a pesar de haberse gozado en Panamá de una paz que no tuvo entonces ningún otro estado de la Gran Colombia. En efecto, desde la creación del Departamento del Istmo el 9 de Febrero de 1822 hasta la constitución del Estado Federal de Panamá en 1855, el orden público no fue turbado por otros sucesos que las intentonas de independencia de 1830 y 1840 y la subordinación y tiranía de Alzuru en 1831¨.

Comentario:
 En vista de todos los problemas políticos que se daban durante este período, la educación pasó a estar en tercer plano. El tema principal para resolver era la turbulencia en cuanto a la reciente independencia de Panamá de España y el inicio del periodo del departamento del Istmo como parte de la Gran Colombia. Varios eventos como los intentos de separación alteraron las relaciones que se mantenían en el Istmo, que por lo general eran pacíficas, sin embargo, Panamá para entonces no era tomada en cuenta en muchos aspectos como los económicos que pudiesen haber aliviado la carencia educativa que se percibía; de hecho, estos intentos separatistas fueron causa de la desigualdad que se mantenía entre la población de panameños con los beneficios que si mantenía la población colombiana. 

Cita 3:
¨La educación era sumamente deficiente en la época, y por lo general tenían acceso a ella solo las clases medias y altas. Si embargo, la educación también permitió cierto grado de movilidad social. Algunos miembros de grupos populares encontraron en ella la posibilidad de ascender en la escala social y de gozar de mayores beneficios.¨

Comentario:
La educación en esta época era más que un privilegio, solo era accesible para personas de clase alta o media, el clasicismo de la época era muy fuerte. No todos se podían instruir como actualmente sucede. El ciudadano común era excluido tanto por las limitaciones sociales, económicas y políticas de la época. 
Con la separación de los españoles, conllevo a la eliminación de la esclavitud y los mestizos pudieron a acceder mejor a algunos beneficios, muchas personas de esta escala social alta pudieron ocupar cargos públicos notables al tener acceso a la formación universitaria. Sin embargo, no dejaban de existir las limitaciones al derecho de la educación.

Este periodo prácticamente fue bastante lento el progreso educativo, porque era un ambiente con muchas fluctuaciones donde los intereses económicos y de poder eran los que estaban en primer plano. Con el transcurrir de los años se fueron dando reconocimiento de muchos derechos básicos como el derecho a la libertad y educación sin importar el género, como se dio a finales del periodo del istmo donde se dan las primeras escuelas para niñas y además se va dando la formación de una identidad nacionalista en los primeros intentos de Panamá por ser libre, independiente y próspero.



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